3 Ene, 2009
Feliz Navidad (o no)
Estoy hasta los güevos de la Navidad. 13 días del tirón sin tener que madrugar y pasar frío para ir a la oficina parecen lo suficientemente atractivos como para estar más que contento. Pues 9 días después estoy de la Navidad hasta el gorro.
Todo empieza cuando empiezas a recibir felicicitaciones horteras por mail. De clientes, departamentos de tu empresa, amigos... Todo quisqui tiene que enviar su poesía estúpida y felicitarte el año y parecer que un mundo nuevo empieza a partir del día 25. La primera te la lees por curiosidad, para ver si se lo han currado artísticamente. A la quinta, no le das ni el beneplácito de la duda y va directamente a la papelera.
La siguiente etapa de la Navidad es el día 22, el día en el que todos los años se te queda la cara de tonto al ver en el Telediario la turca que se agarran los que han tenido la puta suerte de que les toque el gordo de Navidad. A ti, evidentemente, ni una triste pedrea. Eso sí, una salud de hierro, o ni eso.
Después empiezan las vacaciones. Un montón de días por delante tienen que dar para mucho: iré a pasear por la playa, a andar en bici, a la piscina, podemos ir un día a Barcelona al zoo, o también al acuario de Valencia, que me han dicho que está muy bien... ¡Y una mierda! Olvídate de todos esos planes y prepárate para recorrerte todas las tiendas, jugueterías y centros comerciales de la comarca. Que si el regalo de mamá, de papá, del tío, de la sobrina, de la cuñada, y de María Santísima, vaya un nunca acabar.
Y total, para acabar comprando juguetes para los niños, y bufandas y perfumes para los mayores. Eso sí, he de reconocer que yo todavía no estoy en ese momento duro de la vida de un padre en que tu hijo insiste en exigir a los Reyes Magos que le traigan los "gormitis" o "los invsores del infierno", que cuando te aprendes el nombre descubres que hace semanas que están agotados en todas las tiendas. Que esa es otra: ¿Pero no estaban en crisis las empresas jugueteras? ¡Coño, pues qué falta de previsión! Y es que al final en las estanterías siempre quedan los circos de Playmobil (Famobil en mi época) y, en cambio, los barcos pirata, los castillos y los camiones de bomberos no quedan ni uno. Pues joder, no hagas tanto circos y haz más camiones. Sirva este escrito como una petición formal al Sr. Playmobil.
Pero empiezan las comidas y eso ya es otra cosa. La del trabajo, la de los amigos, la de los otros amigos, nochebuena, Navidad, San Esteban... ¡Cómo odio a San Esteban! Cada año repito que el día 26 es el día más tonto y aburrido del año y juro ante Dios no quedarme nunca más en Tarragona por Navidad, pero este año ha vuelto a pasar y me he visto agobiado en una ciudad sin vida por culpa de unos canelones.
Pero luego llega Nochevieja y Año Nuevo, y eso es otra cosa. Bueno, eso era antes, cuando no había niños y las noches eran muy largas, igual de largas que las resacas. Total, que la jugada de Navidad se repite, pero esta vez ya no hace ni puta gracia porque ya estás harto de comer y de hablar (o de no hablar) con tus padres o suegros.
Y para rematar los Reyes. Desde que que soy padre, los Reyes no son lo mismo y la ilusión ha vuelto a mi corazón: la visita al paje, la cabalgata, los regalos por la mañana... Todo muy bonito si no te ha pasado por encima el virus de la gripe dejándote hecho una mierda hasta día de hoy, que he vuelto, por fin, al trabajo.
Ya es triste para un vago rematado como yo desear volver al trabajo.
Feliz Navidad y Feliz 2009

